¿Ha observado que la mera presencia de una persona humilde crea un ambiente atractivo, cordial y confortable? Sus palabras están llenas de esencia, poder y las expresa con buenos modales. Una persona humilde puede hacer desaparecer la ira de otra con unas pocas palabras. Una palabra dicha con humildad tiene mucha magia, poder de transformación que evita conflictos.

Humildad es el valor humano que le permite al hombre celebrar con alegría, inocencia, naturalidad y humildad, sus propios logros, triunfos, conquistas, sin vanagloriarse ni olvidarse de que su éxito depende de sus dones, talentos, habilidades, pero también de quienes estuvieron a su lado para apoyarle.

La persona sencilla es atractiva, produce confianza a quienes les rodean, es feliz, disfruta de las cosas grandes y pequeñas inclusive de las insignificantes.

El humilde hace el esfuerzo de escuchar y de aceptar  a los demás. Es receptivo por naturaleza y por lo mismo es el que mejor está dispuesto a  aprender.

Por extraño que parezca, cuanto mayor sea la humildad, mayor el logro. ¿Por qué ocurre así? Tal vez porque una persona humilde encuentra más fácil adaptarse a las personas y a cualquier cambio.

La humildad involucra imaginación sana, amor por todos y servicio para todos. Cuídate de los que, en una conversación amistosa, emplean términos rebuscados para sus ejemplos. Esa persona no es humilde.

La humildad nos hace más fácil la tarea de reconocer nuestros errores, fundamento de nuestros ulteriores perfeccionamientos. Mientras el soberbio pierde su tiempo criticando o intentando impresionar a los demás, el humilde sigue rectilíneo su camino de superación personal, sin temer recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados en el sendero.